Mis pensamientos me ahogaban, la razón se antepuso sobre los más mínimos sentimientos que en mí quedaban, siendo ya una persona más fría aún de lo que siempre había sido. Ni yo entendía la contradicción que me planteaba en mi mente. No podía huir, no debía huir, mis actos los hice conscientemente, sabiendo que era lo mejor, que era su propia voluntad, aunque sé que nadie jamás en incontable tiempo logrará entender toda esta realidad que ahora relataré.
Lo recuerdo todo tan claramente, todo ocurrió por una llamada que recibí la tarde anterior interrumpiendo los trances artísticos que yo realizo todas las tardes desde hace ya varios años. Llegué por su gran desesperación que me llamaba intensamente, por la angustia que emitía y transmitía su inconfundible voz cuando hablé por teléfono. Fue por esto, que me dirigí con gran urgencia ha lo que llamaba “su hogar”, ya era de noche y me estaba esperando con notable impaciencia, pero también se le notaba angustia. Entre la soledad del lugar donde nos encontrábamos, lo primero que llamó mi atención fue ver que tenía aquél artefacto de filoso y mortal metal en su mano. Era imposible que yo al reconocerlo no volviera a recordar ese episodio de mi vida ya muerto y supuestamente olvidado en mi maldita mente. No me fue difícil adivinar sus intenciones antes de dirigirnos alguna palabra, ya que hace algún tiempo atrás, todos sus propósitos habían sido míos y, rogándome con sus ojos almendrados y lastimeros, me pedía a gritos de sus miradas que hiciera un último favor hacia su persona. Sabía perfectamente al pedírmelo que yo era capaz de hacer todo lo que me pidiera, y, con tristeza de saber que era nuestro último encuentro, no pude negarme a cometer tal acto, arrebatándole el objeto y preguntando, aunque ya conocía la respuesta, si no existía otra solución. Su silencio y su eterno abrazo me respondieron inmediatamente. Fue así, como con un pequeño temblor, de pena o de cobardía que me invadían en ese instante, luego de varios segundos de tensión y de infinitas vacilaciones, logré realizar su voluntad. El cuchillo, nuestro cuchillo, era parte de su cuerpo, y en un pequeño lapso de tiempo cayó en mis brazos ya inconsciente, pero totalmente en paz.
Sí, estaba en paz, porque yo logré liberar su alma de tanto sufrimiento que la humanidad jamás ha visto y que nunca nadie ha podido soportar durante tanto tiempo. De a poco, dejé su cuerpo reposado ahí, en “su hogar”, despidiéndome amargamente, dejando todo en manos del destino. Sé que soy la única persona que conocía completamente cual era su realidad, cual era su horrible sufrimiento que tantas veces compartimos, y entiendo perfectamente todas sus razones. Pero la tristeza no la he podido desahogar, porque su acto de liberación, fue el principio de la condena de mi espíritu.
Me juzgarán dura y cruelmente, lo sé, pero realicé una noble causa por aquella persona que tanto hizo por mí. Por más que lo intenten, nunca me comprenderán, hacen falta las palabras adecuadas para poder describir todo por lo que pasamos. Pues, ahora estoy recordando todo esto, ganas de llorar no me hacen falta, pero carezco de lágrimas, lágrimas que no existen, que desaparecieron con aquella promesa, con ese juramento que hicimos un día tan nublado como éste, un día donde se siente la melancolía en el aire, donde había un ambiente totalmente pacífico y tranquilizante. El juramento fue el comienzo de mi condena, condena que se concretó con su expiración, expiración que fue la salvación, salvación para el alma más pura que jamás ha existido y existirá en este mundo.